OPINIÓN

Las niñas de los gritos mudos Por Gabriel Ruiz (abogado, docente)

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Hace unos días tomó relevancia pública el caso de un concejal de Caleta Olivia imputado judicialmente por el delito de abuso deshonesto a una  chica de 17 años.

Según trascendió, y es parte de la causa, esta niña habría estado asistiendo a la oficina del edil denunciado quien le prometía un trabajo en el Concejo Deliberante cuando sea mayor de edad y en una oportunidad, el concejal la habría manoseado.

Esas son las circunstancias materia de investigación judicial. Hace pocas horas el concejal fue detenido en forma preventiva en el marco de la causa.

Pero nadie, ni políticos ni funcionarios, tratan directamente el tema. Como si el abuso (de poder, de sustancias o de personas) fuesen parte inherente de la cultura política local en la zona norte de Santa Cruz

Si esta cultura del abuso existe es porque hay una estructura que la sostiene. ¿Cuál es el motivo por el cual una niña-adolescente de 17 años habría estado en la oficina de un concejal pidiendo trabajo?

Y hay por lo menos una respuesta concreta: porque no estaba en el colegio.

Hace rato que la educación en Santa Cruz deja mucho que desear. Uno de los resultados directos, es este, deja a las niñas indefensas, arrojadas a un mercado laboral siniestro, sin capacitación y con su adolescencia lastimada a merced de cualquiera.

Este es uno de los debates que ya no podemos esquivar. El de una provincia que no tiene una política educativa que por lo menos intente mejorar un sistema obsoleto y perverso que olvida por igual a alumnos y docentes.

Siempre de espaldas a la sociedad la mayoría de los funcionarios no quieren tratar el tema. Ni el de la educación ni el de una sociedad abusada.

Como padre no puedo dejar de pensar que esa chica sola en una oficina, pidiendo, suplicando un trabajo porque el sistema la excluyó puede ser mi hija, mi hermana, mi sobrina o la de cualquiera de mis vecinos.

Quizás este caso sirva para terminar con aquello que sucede en silencio y que resulta difícil probar. Ojalá sirva para visibilizar el abuso –agravado cuando se hace desde el poder- y las razones que fabrican víctimas para estos degenerados. Que los gritos de nuestra niñez dejen de ser mudos.

Cuando el Estado abandona a las niñas negándoles el derecho a la educación las pone en el mundo de la marginalidad social, indefensas y solas.

Creo que llego el momento de que todos escuchemos esos gritos de impotencia, los gritos silenciosos de las niñas que deberían ser alumnas.


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